soy nosotras, pienso.
Se me ocurren estas frases sin sentido como queriendo decir algo importante. En realidad, me sale mucho el sinsentido, aparece seguido, me sale bien. Coincide con una revuelta interna, con muchos cambios, fuera de ellos no tendría sentido. Y realmente siento que no soy una, que soy nosotras. y esas nosotras no parten de mi. Se comparten. Las comparto con otros u otras. Todavía no sé bien con quienes.Esta deformación que tiene lugar en mí es tan hermosa como incómoda, tan liberadora como inoportuna. Eso último, en especial.
Es como deformarse siendo observada por millares de ojos curiosos hasta el cansancio (el pecado de mirar lo que no se debe, lo ajeno). Me siento tan privada de mí que ya no soy la misma: renuevo mi casa por dentro y me transformo. El circuito cambia: se airea, vuelve a elegirse, se marea, se siente centro de atención, se incomoda. A veces toda seguridad pareciera extinguirse.
La vida como un juego de ping pong, el destino como la pelota que se tira y luego vuelve con la misma intensidad. No se sabe exactamente como va a volver, se puede intentar presentir, programar. Cuando algo particular nos sacude, es la pelota que está volviendo. Pero cuando la realidad interna cambia, es como si la pelota de ping pong hubiera caído ahí: en la superficie de la raqueta, en algún punto de ella. La molestia nunca es fortuita. Es espejo de otra cosa. Esa cosa es interna. El propio reflejo en el espejo provoca infinidad de sentidos, ideas, emociones. Todos somos reflejos. Algunos lo son más con otros, por infinitos motivos que se reflejan entre sí. El poder es tan impersonal como esa pelota. Transcurre como la felicidad o la tristeza. No le pertenece a nadie, pasea invariablemente por sobre todos nosotros o ¨todos los otros¨. Es nada más que un proceso.
Como el trayecto de una pelota que se traslada de un lado a otro. Es un estado de fulgor. De ¨entrefuerzas¨.
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miércoles, 20 de agosto de 2008
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